sábado, 29 de agosto de 2020

Agustín Espinosa, la mediterranización y el Polifemo oculto

Agustín Espinosa pertenece a una generación (nacida en torno a la publicación «La rosa de los vientos») de escritores canarios que rechazan el modernismo, género que creó «romanticismo folclórico y trasnochado» (en GC, por ejemplo, Tomas Morales). El arte es ahora desrealización: sobre la isla real de Lanzarote se construye una obra cuyo fin no es la imitación, sino ser en sí misma un producto estético, artístico. El nombre de la isla y su posible vinculación etimológica con Lancelotto Malocello (navegante normando del que sabemos que emprendió un viaje a las islas, y contemporáneo del cual existe un portulano con la isla cruzada con la bandera normanda, pero nada más) le sirve para crear, con esta pura asociación lingüística, un origen mitológico a la isla en el que el caballero normando, ya viejo, se retira a la isla, a la que lleva todo su aparejo medieval, y en la que se dedica a leer. Las referencias clásicas son una entre tantas de un autor mitómano que llena de referencias sus obras literarias. Algunas referencias se enumeran a continuación:

  • Es curioso porque Espinosa, en su primera versión, había hecho un Polifemo como primer habitante de la isla; su visión de éste coincide con el Polifemo de Góngora, a quién él mismo -y la generación del 27- había celebrado. Se trata, pues, de una referencia indirecta al Polifemo de Homero. En la versión posterior sustituyó a Polifemo por Lancelot, lo que no quita que siga subyaciendo esa imagen de pastor gigante, a la vez que de Quijote lector de aventuras; una mezcla, en fin, de mitos literarios, propios de Espinosa.

  • En el prólogo en el que describe su poética se señala su deseo de crear una nueva mitología, partir de lo poético para recrear, renovar la tradición literaria, de la misma manera que hicieron varios autores antes:

«La música que salve a un pueblo, a un astro o a una isla, no será nunca música de esta clase. Sino música integral. Sino la creación de una mitología. De un clima poético donde cada pedazo de pueblo, astro o isla, pueda sentarse a repasar heroicidades. Sino aquella literatura que imponga su módulo vivo sobre la tierra inédita. No ha sido de otro modo como el mundo ha visto, durante siglos, la India que creó Camoens; o la Grecia que fabricó Homero; o la Roma que hizo Virgilio; o la América que edificó Ercilla; o la España que inventaron nuestros romances viejos.»

  • Cuando Lancelot se asienta en la isla se dedicó a leer libros de aventuras, con lo cual fue haciendo de este paisaje africano un lugar de mitos mediterráneos:

«En su isla africana, leyó Lancelot anchos libros de viejas aventuras. Con las antiparras más pesadas de su caja de antiparras para presbiopes. Con las antiparras que agigantan desmesuradamente letras y hazañas. Sobre todo, el retorno, lleno de islas, de Odiseo. Isla de las Sirenas. Isla de Circe. Isla de Trinaquia. Isla de Ogigia. Lancelot veía las islas odisianas como estaciones del viaje de regreso. Si en la isla de Ogigia paraba Odiseo siete años era porque la guardavía era Calipso, nifa rubia, maestra del beso, de la caricia y del mañana.

Lancelot fue así homerizando, mediterranizando, su isla. Otra estación más. Para el, la última. La estación dode se toma ya el coche de la muerte.

Pero él podia ponerla junto a las estaciones griegas. Alistarla. Su isla del Atlántico con las islas del Mediterráneo. Heroicidarla. Hacerla estación larga como la de Ogigia: en lugar de los brazos nínfeos de Calipso, los heterogéneos de un peine de marfil y un rizo dorado.

Las lecturas homéridas adelgazaron las gafas más gruesas. Pusieron una valla de música épica entre Lancelot y la isla. Toda la gran decoración bretona fue tomando ese aspecto que adquieren los jardines abandanados. Crecieron desmesuradamente los castillos. Almenas y torres se alargaron como pedúnculos. Los puentes levadizos mezclaban su proa con la proa de los puentes más próximos. Se desenrolló, en vacaciones perennes, la cuerda de los soldados defensores.

En su lecturas épicas, Lancelot dejó ir apagando las Montañas del Fuego. Hoy casi apagadas. Que apenas sirven ya para asador paradígmico de los turistas sin aspiraciones. Dejó que se fundiera el laberinto de Los Verdes y el del Jameo del Agua. Que el mar raptara el Castillo del Este. Que el viento dejara sin fortalezas al Oeste y al Norte. Que tenga al Este tres castillos -San Pedro, San José, Santa Bárbara- desde entonces.»

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